About Us

A medida que se acercaba el inicio de la ceremonia los nervios crecían. Parecía como si nos hubieran puesto un implacable reloj de arena que se vaciara a velocidad de vértigo. El equipo de decoración iba y venía con flores, velas, tules, jarrones, hiedra y grandes ramas de eucalipto. El servicio de cocina picaba, batía, salpimetaba, elegía la fruta, disponía los platos, y los camareros se anudaban las corbatas y se apretaban  los elegantes delatales negros a la espalda, a la altura de la cintura.


Muy pronto yo tendría que desplegar el gran pasillo de letras que decoraba el camino de los novios al altar, exponer mi trabajo, hacerlo público. Sufro de miedo escénico, lo reconozco. Me aterroriza ese momento en el que, por algún motivo, tengo que pasar a ocupar el centro de atención. Me entra un cosquilleo por los brazos y las piernas, muy parecido a cuando se te quedan dormidos. No doy pie con bola y me cuesta mantener la coherencia en las frases. Ya veis, todo un cuadro.


Eso era lo que empezaba a ocurrirme cuando, de pronto, me pidieron que caligrafiara unos nombres para la mesa presidencial. No tenía plumillas, ni tinta, ni papel adecuado. Tampoco había allí nadie a quien pudiera pedirle algo parecido a un pincel. Lo más que consiguió una camarera, a la que nunca olvidaré, fue un rotulador negro de punta gruesa. Lo cogí, localicé unos cuantos folios en una habitación que servía de oficina y me encerré en el primer cuarto que encontré vacío. Me senté, corté los folios, respiré y comencé a escribir: Ana, Raquel, Oriol, Rosa, José Manuel... y poco a poco ya solo escuché el sonido que hacía el rotulador al deslizarse sobre el papel. Fue como si el mundo entero parara. Desapareció el ajetreo, los nervios, las tensiones. Dejé de sentir el pulso acelerado y la boca seca. De nuevo solo importaba la forma de las letras. Me volvía a hipnotizar su fluidez, cómo iban encajando poco a poco, acoplándose como si estuvieran vivas. Rellenar los trazos gruesos, subir con los ascendentes, extender los finales. Con los descendentes, dejarme caer.

Eso es para mí la caligrafía: una especie de envase al vacío. Un agujero negro que me absorbe y que me regala el inmenso placer de evaporarme.


Supongo que por eso me ha sorprendido a mí misma el número y la variedad de los trabajos que presento en Escritas a Mano: he debido desaparecer en todos y cada uno de los trazos que dan contenido a esta página, porque no tengo conciencia de haber trabajado tanto en un tiempo relativamente corto, aunque si me pongo a pensar, hubo momentos en los que me dolió el cuerpo entero.


Dice el maestro Ricardo Rousselot que la caligrafía viene a uno; que es como una especie de llamada; que es ella la que te encuentra. Y debe ser verdad. Yo la descubrí por pura casualidad en un momento confuso en el que me sentía bastante perdida. En ese mismo momento supe que era el camino y desde entonces no lo he abandonado.


Hoy no sería capaz de defender esta página si no estuviera convencida de que su contenido puede ayudar a que los momentos especiales lo sean un poco más. La caligrafía regala personalidad sin ser abrumadora. Potencia el estilo: lo hace más elegante si esa es la intención o le quita hierro, si es lo que se pretende. Se lleva de maravilla con la cámara de un buen fotógrafo, que la busca y la reclama y es un arte sutil. La caligrafía no empuja, no roba espacio, no avasalla, pero como el amor, el equilibrio o la calma, se respira en el ambiente. Y nada es lo mismo si no están.


En Escritas a Mano encontraréis caligrafía en papeles de texturas muy agradables. También letras escritas en madera, en cristal, en cartón o en cartulina. Letras en pizarras y en kraft. Letras grandes o pequeñas. Clásicas o contemporáneas; elegantes y también muy divertidas. Letras a pincel, a plumilla e incluso a rotulador. Escritas con tinta, con témperas o acuarelas. Blancas, negras, ocres, rojas, verdes o azules con diferentes matices.

Más allá de que finalicéis o no una compra, lo que me gustaría es que Escritas a Mano fuera para vosotros un lugar de inspiración. A mí se me amontonan las ideas; están ahí detrás, como empujando y eso es una de las mejores cosas que pueden pasarme en la vida.

Gema Martínez, Escritas a Mano.